Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Polilla despierta en una celda sin recordar cómo ha llegado hasta ahí. Se encuentra en el Alcázar, una prisión nefasta y medio derruida a la que van a parar las almas de los malvados. Deberá sobrevivir a los enfrentamientos con el resto de reclusos, a la falta de alimentos y a los encontronazos con varios seres enigmáticos: la Bedel, una anciana que guarda las llaves del Alcázar, y que trata de guiar a los hombres perdidos hacia el buen camino; el Verdugo, un terrible gigante encapuchado, cuya misión es castigar y controlar a los presos más depravados; y el Juez, que juzga quién se ha ganado el perdón. Solo una cosa diferencia a Polilla de los demás: una tenacidad retorcida y sibilina, que le empujará a sobrepasar cualquier límite con tal de encontrar la salida de esta aciaga prisión.
Cristina de Blas nació en Madrid en 1990. Desde pequeña sintió pasión por la lectura y la escritura, y estudió dos ramas muy ligadas a esta afición: Periodismo y Traducción. Siendo una niña cuya edad no llegaba ni a los dos dígitos, descubrió una novela que devoró más de diez veces, El Hobbit, y que marcó su camino como lectora y escritora. Desde ese momento se sintió atraída por la fantasía, la ciencia ficción y el terror, y descubrió a algunos autores que se convertirían en grandes inspiraciones para ella, como Robin Hobb, Patrick Rothfuss y H.P. Lovecraft.
En su tiempo libre se dedica a una gran variedad de intereses, todos ellos relacionados con el arte de contar historias, como el dibujo, los comics y los videojuegos. Defiende que en todo libro puede haber una semilla que expanda tu mente, y aspira a aportar su propio granito de arena.
«Esta es, posiblemente, la historia más egoísta que he escrito en mi vida. La comencé con un poco de rabia, enfadada porque buscaba un tipo de novela muy concreta, y no era capaz de encontrarla. Pensé: «si no encuentro lo que quiero, lo tendré que escribir yo misma». Quería algo que en mi cabeza definía como «fantasía ruin», algo retorcido, sucio y oscuro. Tengo una extraña fijación por las ambientaciones subterráneas y decadentes, por lugares que fueron grandiosos en el pasado, pero que cayeron en la desgracia (posiblemente mi fanatismo por la saga Dark Souls tiene algo que ver). He hecho lo posible por aunar una atmósfera opresiva con las emociones más viscerales, junto a personajes que se alejan de lo ideal. Esta novela la escribí para mí, pero seré muy feliz si alguien más la disfruta.»
«La vieja soltó una carcajada histérica que se clavó como un cuchillo en los oídos del hombre, pero no intentó acercarse más. Él, acurrucado contra una de las paredes empedradas de la celda, se miró el mordisco del brazo. La herida, amoratada por los bordes, tenía mala pinta; de la piel levantada borbotaba una sangre espesa y oscura, enfermiza. Los cortes eran irregulares, ocasionados por una dentadura mellada a la que le faltaban más de la mitad de los dientes.
Con un mugriento dedo índice, el hombre colocó las hebras de carne de vuelta a su sitio, pero no consiguió que la llaga perdiera su aspecto insalubre. La vieja, que en primera instancia se había mostrado alarmada, ahora solo lo miraba con mofa y desdén.
—¿No vas a defenderte? —inquirió. Ceceaba un poco, con su lengua escurriéndose entre los espacios de las encías amoratadas.
Él no contestó. Se apretujó más contra la pared, con las piernas encogidas de forma que la luz anaranjada de la lámpara las engullera por completo. La llamita de la vela, titilante y mortecina, estaba a un paso de ahogarse en su propia cera.
La vieja se pasó el dorso del brazo por la boca, limpiándose los restos de sangre. Cada una de sus articulaciones estaba abultada, con la piel moteada estirada al límite como la membrana de un tambor. Su cuerpecillo, retorcido y colmado de achaques, apenas contaba con el pellejo suficiente para recubrir los huesos artríticos. Únicamente las presas sencillas estaban a su alcance: los enfermos, los moribundos, los durmientes. No era rival para un hombre adulto. Había desistido por completo en su empeño beligerante, y mostraba una resignación complaciente, casi divertida.
—Qué pena, todo acongojado. Acercándose a la luz como un niño chico, como una polilla —prosiguió con su voz cascada—. ¿Cuánto hace que recobraste la consciencia? No mucho, no mucho… tal vez un par de días. Aunque es imposible medir el tiempo aquí dentro. Se te van a comer vivo, pimpollo. Si no soy yo, será otro más fuerte. Deberías haber seguido durmiendo, te habrías ahorrado mucho.
El hombre valoró su entorno, sin perder de vista a su interlocutora. El cuartucho, un calabozo claustrofóbico, era austero y carecía del menor interés. No era más que cuatro paredes de piedra, dónde a duras penas entraban un par de personas. No había muebles, solo los restos de unos grilletes reventados esparcidos por el suelo, y una puerta de madera con un ventanillo enrejado. No debería haber atraído la atención de nadie. Recordaba perfectamente haber atrancado la puerta desde dentro; no entendía cómo había entrado esa mujer.
—Es una lástima —continuó. Los hombros de la vieja, huesudos, se alzaron por debajo de la tela raída que los recubría, en un gesto indiferente—. La consciencia te quita esa rabia, esa locura desmesurada e incontrolable, que a algunos les hace imparables. Te hace más débil, te lo digo por experiencia. Así que, o te vuelves listo y ladino, o…
Golpeó su sien con un dedo huesudo, famélico, y sonrió de forma afectada. Unas ínfulas que dejaban de manifiesto su soberbia subyacente. Parecía que estuviera de broma, aunque la situación no tenía ninguna gracia; le daba la sensación de que le tomaba el pelo. Luego, ese mismo apéndice señaló la tripa del hombre.
—Se te ve fuerte, tú también has estado comiendo, te acuerdes o no. Matas y devoras al prójimo, y robas, y a saber qué más. Solo el que peca viene aquí, y solo pecando puedes seguir viviendo… es un círculo vicioso. ¿Qué habrás hecho para alcanzar este estado lamentable? Nada bueno, eso seguro. Pero tampoco te quedaba otra opción, ¿verdad?
Al ver el silencio del otro, la anciana aguardó unos segundos, expectante. Sonreía, como si le estuviera poniendo a prueba. Su mirada era incisiva y penetrante; sus ojos, dos rendijas agudas que reflejaban la llama de la vela, no se amilanaban. Ante la falta de respuesta, la luz del entendimiento brilló en ellos de pronto.
—Te cortaron la lengua, ¿no es así, Polilla?»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Cristina de Blas os lo agradeceremos.