Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 50 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Harper se esmeró tanto en resolver un misterio que acabó convirtiéndose en uno de ellos. Harper no ha vuelto a ser la misma desde la desaparición de su hermano Thony. Brayden ha huido de su antiguo pueblo, aunque nadie sabe por qué. Tras un malentendido y un castigo, ambos acaban siendo sancionados y obligados a acudir al aula de convivencia durante cuatro semanas.
Rápidamente, la enigmática aura que envuelve a Brayden despertará la curiosidad de Harper. Lo que empieza siendo una inocente rivalidad entre dos personas que se odian, terminará por arrastrar consigo una peligrosa vorágine de atracción.
Porque Harper está colmada de un remordimiento asfixiante. Porque Brayden no logra deshacerse de un desprecio ciego.
Los dos buscan algo que han dado por perdido y su estadía en el aula de castigo solo será el detonante de toda una encrucijada de secretos, misterios y asesinatos.
Julia Ventura es una joven autora nacida en Gran Canaria, España, una isla en medio del Océano Atlántico. Rodeada de libros desde su infancia y dotada de un espíritu sumamente creativo, con tan solo diecisiete años ya había escrito un poemario (Abril) y su primera novela (El aula de castigo). En la actualidad, se dedica a cursar sus estudios universitarios, pero nunca sin dejar de escribir.
«El aula de castigo habla de personas perdidas. De corazones lastimados. Personas que lloran, que explotan sin razón, que buscan algo a lo que aferrarse. El aula de castigo es una visita a tu niña interior, a aquello que pensabas que ya habías enterrado muy adentro, pero que sigue ahí. A eso que supura. Un camino agridulce por la adolescencia que se carga a la espalda y por la vida misma.
Harper no es diferente a ti, ni a mí. Ni siquiera lo es Brayden, o Keenah, o Charlie, o Nessa. De hecho, esta novela abarca desde relaciones complicadas hasta enfermedades mentales, desarrollando una historia repleta de jóvenes que a menudo pecan de egoístas y crueles, cuando en realidad lo único que quieren es sobrevivir».
«Entonces salgo de mi escondite y salto sobre él. West no me ve venir y cae junto a mí en el césped. No pierdo el tiempo y le apunto con el spray, mientras mantengo sus extremidades inmovilizadas. El chico se las idea para bajarse la capucha y ahogo una exclamación:
—¿Brayden?
Él frunce el ceño cuando reconoce mi voz y forcejea bajo mi cuerpo.
—Deja de apuntarme con esa cosa y suéltame, maldita agresiva —replica entre dientes. No tengo la cabeza para devolverle el insulto y simplemente hago lo que me dice. Me pongo en pie, dejando que él también se levante, pero guardando una distancia de seguridad. Voy a preguntar, pero Brayden se me adelanta:
—¿Qué coño haces aquí?
—Pensé que eras West —objeto, aún dudosa.
Fletcher alza las cejas, compartiendo mi confusión.
—¿Cómo es que conoces...?
Un sonido estridente rompe la conversación y nos obliga a mirar hacia el origen del estruendo. Una silla de madera sale disparada por la ventana, haciéndola añicos. Es en ese instante cuando me percato del barullo dentro de la casa. Las sombras se mueven, confirmando la presencia de numerosas personas; el miedo me recorre la columna vertebral porque sé, sin necesidad de que me lo explique Brayden, que lo que pasa ahí dentro tiene que ver con algo sumamente peligroso.
El chico me coge del brazo, pegando nuestros cuerpos a la pared.
—No deberías estar aquí —masculla—. Pero, por desgracia, no me sorprende. Eres una entrometida —resopla, y voltea a mirar los restos de cristal en el suelo.
Brayden se agacha, recogiendo uno de los pedazos más grandes, y entonces me observa con una determinación que nunca había visto. Su mirada arde sobre la mía, como si realmente desease que sus futuras palabras se quedaran grabadas a fuego en mi mente.
No obstante, en sus ojos hay un miedo teñido de seguridad y eso me asusta. He comenzado a pasar tanto tiempo con él que me he acostumbrado a descifrar cada una de las emociones en su rostro, de inspeccionar aquellas que se ven a simple vista, y las otras, que por mucho que trate de esconder, pueden palparse con atención.
—Quédate aquí —dice. La mano que sujeta el trozo de cristal le tiembla—. Hazme caso, Harper. Por favor.
Luego, sin más, se introduce en el hueco de la ventana rota. Sé que no debería mirar, pero igualmente lo hago y la escena a continuación es un caos absoluto. Dos hombres vestidos de negro pelean contra Jacques y West. Ambos llevan pasamontañas que impiden reconocer sus rostros, pero se mueven con una agilidad sobrenatural, mientras los otros chicos tratan de defenderse a duras penas.
Jacques tiene una tajada en el mentón que hace que suelte una exclamación: la sangre le sale a borbotones y tiene la camiseta blanca manchada de un rojo carmesí. En cambio, West parece apañárselas mejor, contrataca con precisión los golpes del otro enmascarado, aunque su adversario le sigue llevando ventaja.
Brayden no aparece, y cada vez me pongo más nerviosa mientras uno de los delincuentes le da una golpiza a Jacques, que está completamente indefenso. Cuando el chico se ve desfallecer en el suelo, el hombre le pisa el pecho con el pie y saca de su espalda una pistola. Poco a poco el hombre se va agachando, mientras acerca peligrosamente el cañón del arma a la frente de mi amigo.
No, no, no.
Contengo la respiración, sin saber qué hacer. Ahora el mandato de Brayden es irrelevante y, como es común en mí, no le hago caso.
Entro por el hueco de la ventana y salto sobre el hombre armado. Ejerzo toda la presión que puedo en su cuello, inmovilizando la zona con mi bíceps y apretando fuertemente con el otro brazo. Este, desprevenido, suelta el arma y se aferra a mis brazos con tal de liberar su cuello.
Se deja caer hacia atrás, haciendo que mi cuerpo impacte con fuerza en el suelo. Mis huesos se quejan, pero no me dejo acobardar y me muevo rápidamente, metiéndome debajo de la mesa de la sala de estar. Comienzo a gatear, mientras me percato de cómo Jacques se arrastra por el suelo, intentando coger la pistola.
El hombre del pasamontañas, en cambio, me persigue con furia, apartando todas las sillas y obstáculos a su paso. Entonces llego al final de la mesa, me levanto con rapidez y corro hacia la cocina. La encimera se interpone mientras el atacante me mira de frente, de repente coge un plato y me lo lanza, pero me tiro al suelo antes de que me alcance. El pulso me va a mil por hora mientras escucho sus pasos tambaleantes, recorriendo la encimera. Miro a mi alrededor, pero no hay nada que me permita defenderme.
Estoy acabada».
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Julia Ventura os lo agradeceremos.