Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Dividido en tres partes (Ángeles que matan al batir las alas, La semilla de lo que somos y Córtale las alas a Ícaro), Manual para suicidas precoces es un canto a la libertad, una explosión de sentimientos. Ambientado en el ámbito educativo, los protagonistas de Manual para suicidas precoces se debaten entre lo que los demás quieren que sean y lo que son y/o realmente pueden llegar a ser. Con una prosa cuidada, sensible, pero no sensiblera, Juan de Brito pone sobre el tapete una realidad a la que no todo el mundo se adapta ni quiere adaptarse, una realidad en la que hay que decir sí a todo aun cuando ello suponga renunciar a lo que realmente somos y podemos llegar a ser. Novela contemporánea, aborda temas tan contemporáneos como la antigüedad del hombre, donde la palabra denuncia, la envidia y los celos han sido nuestras señas de identidad desde el origen de los tiempos.
Oriundo del sur, de ese sur donde los inviernos son templados, los veranos muy calurosos y las primaveras dejan caer sobre los patios de las casas un intenso perfume a olor de azahar, Juan de Brito nació y creció entre mujeres, a la manera lorquiana. Pero pronto abandonó ese nido al que regresaría para recuperar fuerzas, para reencontrarse consigo mismo, para mirarse en el espejo y aceptar lo que uno ha sido, es y lo que siempre será. Mientras tanto, cursaría estudios de Bachillerato en Madrid y posteriormente una carrera universitaria; ya docente, ejerció en distintas ciudades, simultaneando su magisterio con su pasión literaria. En sus escritos, siempre el hombre, es decir, el alma del hombre, los sentimientos del hombre, la búsqueda incansable de sí mismo, que no es otra sino la búsqueda de la verdad. Crítico con la sociedad en que vive, en la que por momentos no se reconoce, no se considera, sin embargo, un extranjero, un outsider como salido de la pluma de Camus, sino uno más, perdido entre la multitud, pero con algo que decir, con un estilo particular de decirlo, porque tiene algo particular que contar. Nunca ha sido reconocido con un premio literario ni confía en serlo. Vive, es decir, le da sentido a su vida en todo cuanto hace, en todo cuanto siente. Reside en la periferia.
«¿Por qué leer Manual para suicidas precoces? Y también, ¿por qué no leerlo?
Respondamos a la segunda pregunta: Porque disfrutamos de la libertad de no hacerlo.
Ahora bien, argumentemos las razones por las cuales Juan de Brito recomienda leer Manual para suicidas precoces:
+ porque, como decía el poeta, Juan de Brito ha escrito Manual para suicidas precoces para provocar el diálogo, pero el diálogo es imposible cuando no se reconoce al otro.
+ porque Juan de Brito es contrario al pensamiento según el cual quien no piensa como nosotros, no tiene derecho a estar.
+ porque Juan de Brito, como una gran parte de la sociedad, está harto de que lo traten como a un menor de edad.
+ porque Juan de Brito se pregunta: “¿Y quién soy yo para decidir por otro lo que puede o no puede leer?”
+ porque Juan de Brito, finalmente, dice que quien se moleste con lo que describe en Manual para suicidas precoces, tiene dos tareas por delante: molestarle y “desmolestarse”. Lean el libro, si les apetece, y no se piquen por nada. Es una buena filosofía de vida.»
«Con Turner descubrí lo que es una puesta de sol. Constable me animó a sumergirme en un prado, un bosquecillo, una arboleda. Doña Irene me enseñó que los profesores felices no tienen historia y que el polvo de las bibliotecas o de los museos no vale mucho más que el de los cementerios.
Con David aprendí a no dudar de mí, a creer en mí. Y con Darío…, no sé por dónde anda Darío. No sé si sigue vivo o se ha suicidado. No, estoy persuadido de que no se ha quitado la vida. Vive todavía; a esta hora del día posiblemente estará contemplando las Islas Azores desde las alturas vistas como un archipiélago de llamas; a esta hora de la tarde tal vez estará ayudando a montar las tiendas negras de los nómadas de los valles de Afganistán; a esta hora de la noche acaso será uno más de los hongos de los paracaídas suspendidos sobre una ciudad dormida, mientras la luna se multiplica y se anula y desaparece sobre el pecho chorreante de la India después de un monzón. O quizás esté todavía recluido en su cuarto, rodeado de posters de Hitler, de Franco, de Mussolini y de cruces gamadas, tratando de digerir cómo se puede pensar de una manera y actuar de otra, o esperando a un nuevo David, aguardando la llegada de ese beso que lo resucite, como a Blanca Nieves, de su féretro de cristal. Ser feliz es esto, creo yo: no conocer las fronteras que median entre la realidad y el deseo.
No, no creo que esté en casa de sus padres. Se habrá alistado en el ejército de tierra, o en la marina, o en la aviación; o posiblemente se haya refugiado de nuevo en el chalet de sus abuelos, desde donde podrá oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso que deja en nuestro corazón los sueños. Al extender una mano una noche, no tocará otra mano, y su conciencia roerá con un silencio tenaz no haber sido más valiente, no haberse enfrentado a todo lo que tenía que arrostrar. Sonríe al darse cuenta de que ha bastado la luz del crepúsculo que en su vida dejó David para cegarlo, y siente un frío húmedo, estira las piernas en esa cama del chalet de sus abuelos que cada noche se le antoja más grande, invadido por un placer que jamás ha conocido, que sabía parte de sí, pero que sólo con David experimentó plenamente, liberándolo, arrojándolo fuera, porque sabe que a partir de ahora ya no encontrará respuestas a sus preguntas, por la sencilla razón de que ya no caben más preguntas. Quizás espera todavía, a estas horas de la noche, a estas alturas de la vida, que alguien lo salve de las cadenas que por alguna razón todavía lo mantienen unido a sus padres o a sus falsos prejuicios, y, con una pasión hiperbólica, se deja arrastrar por una tristeza que lo apresa, esa tristeza que se insinúa en el recuerdo inasible de algo que ya no ha de volver. Está en el frente de batalla, en plena guerra. Es un soldado más encadenado a otros soldados, que se revuelcan envueltos en fuego. Sueña. Duerme, duerme y sueña. Antes de caer dormido, aliviado, ligero, vaciado de placer, Darío le ha dado un beso a su compañero de guardia. No sabe que dentro de unas horas morirá a sus pies.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Distrito 93 y Juan de Brito os lo agradeceremos.