Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Basada en una historia real, esta es la vida de Luna, una mujer luchadora que en plena adolescencia, en el Madrid de los años 80, se vio atrapada por la llegada devastadora de la droga. Contra todo pronóstico, logró vencer esa batalla, sin imaginar que la madurez le tenía preparada otra aún mas cruel: un amor que se convertiría en su peor prisión.
Una historia de resiliencia, supervivencia y lucha contra las sombras del pasado y del presente.
Mi trayectoria como escritora comenzó con Lo que tu digas, corazón, mi primera novela. Esta obra que permaneció guardada en un cajón hasta que una injusticia social me impulsó a editarla aborda la temática de la homosexualidad con sensibilidad y compromiso.
Mi segundo libro La seducción del ego nació durante la pandemia, inspirada por un período de introspección, me sumergí en el mundo del crecimiento personal.
La tercera entrega Pedazos de emoción es un recopilatorio de poesías dedicado a mi amiga del alma Bea, cuya amistad marcó profundamente mi existencia. Es una obra que celebra la vida, la amistad y las emociones en su estado más puro.
«Se trata de una obra de gran dureza emocional, difícil de leer y aún más difícil de escribir. Sin embargo, como en mis trabajos anteriores, mi objetivo es visibilizar. A través de un enfoque profundamente emocional, busco dar voz a problemas sociales, que, con demasiada frecuencia, se observan solo en la superficie, sin atender a los sentimientos reales de quienes los sufren. Más que una historia, este libro es un reflejo de una realidad que merece ser contada. Mi propósito es que, de alguna manera, pueda servirle a alguien. Como dijo C.S Lewis: “No puedes volver atrás y cambiar el principio, pero puedes comenzar donde estás y cambiar el final”.»
«El daño irreparable que algunas personas pueden causar es insondable. A veces, basta con cinco minutos para moldear el curso de toda una vida.
Como en tantas ocasiones después de una animada tarde de playa, acompañé a mi primo Jose al palomar. A él le encantaban las palomas, y a mí me encantaba seguirlo donde fuera.
Eramos niños, apenas dos almas pequeñas descubriendo el mundo; yo tenía nueve años y Jose dos más que yo. Hacía lo imposible para que me dejara estar a su lado. Su alegría era contagiosa, y su risa, desbordante, envolvía cada rincón, haciéndome sentir que el mundo era más amplio y luminoso cuando él estaba.
El palomar del señor Andrés era un universo en sí mismo; redondo, imponente, pintado de color blanco y agujereado en sus paredes para que las palomas pudieran entrar y salir a su antojo.
Estaba al final de una callejuela, junto a la casa de Herminia, y para llegar a él teníamos que sortear un pequeño muro, no sin antes hacer una parada obligatoria bajo su cerezo. Jose, ágil como un mono, subía al árbol con destreza, lanzando cerezas como si fueran monedas de oro. Yo me apresuraba a coger las que me lanzaba, las mordía con un placer casi ceremonial y colgaba las dobles en mis orejas, sintiéndome la reina de ese improvisado paraíso infantil.
La huerta de Herminia era muy agradable, con su césped suave y mullido, que parecía un colchón. Allí me tumbaba boca arriba y dejaba que el cielo me llevara, que las nubes dibujaran en su lienzo historias y figuras. Veía pasar las nubes entre los árboles con forma de conejitos o pequeños caballos, como si fueran los personajes de una película silenciosa. Me imaginaba cabalgando a lomos de un corcel , como una amazona indómita, o en la selva acariciando la trompa de un elefante.
Cuando Jose se tiraba a mi lado nunca veía lo mismo que yo
—Ves ese barco pirata, mira la vela, es gigante. —Exclamó señalando una nube.
—Pero Jose, si es un elefante.
—Y ese monstruo? El que está mas arriba.
—No es un monstruo, es un conejito.
—Si si, un conejito con cuernos —replicó soltando una sonrisa.
—Pero si son las orejitas, ¿no las ves?
Pero Jose siempre más practico, pronto se aburría de mirar las nubes y me apuraba para que fuéramos a ver a las palomas.
—Anda Luna, ¡vamos al palomar!.
Andrés y Herminia eran hermanos , y sus huertas estaban unidas por un portal de hierro forjado, siempre abierto, posiblemente desde que se colocó, como si el tiempo lo hubiera olvidado. Desde hacía años, la hierba crecía a ambos lados de los barrotes oxidados, dando al lugar un aire de misterio y abandono.
De allí pasábamos a un cobertizo que Andrés utilizaba para guardar sus herramientas.
El cobertizo estaba bastante desordenado, había herramientas por todas partes, incluso algunas dejadas de manera peligrosa, en el suelo. Me daba un poco de miedo e iba con cuidado caminando por allí.
Aquella tarde aunque no era habitual, Andrés estaba allí cuando nosotros llegamos, era un señor alto, o a mi me lo parecía. Iba vestido con ropa de trabajo, una camisa vieja y un pantalón vaquero manchado de tierra. Era joven, aunque parecía mayor, una persona de campo.
Llevaba su pelo negro mal cortado bajo un sombrero de paja, la barba de días en su rostro moreno y los ojos casi cerrados por las arrugas que le había marcado el sol.
A él le gustaba vernos allí, siempre hablaba mucho con mi primo aunque a mi se dirigió pocas veces, sería que yo no entendía de palomas tanto como ellos.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Distrito 93 y Mercedes Barreiro os lo agradeceremos.