
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
En un pueblo serrano andaluz, marcado por la jerarquía social y el silencio, el hijo del enterrador crece entre ataúdes, cal viva y tumbas abiertas. Callado, invisible para casi todos, desarrolla una obsesión secreta: construir guitarras capaces de conservar la memoria de quienes ya no tienen voz. Cuando empiezan a aparecer lápidas profanadas y restos de antiguos vecinos desaparecen del cementerio, el pueblo entra en pánico. Años después, tras su detención en 1984, periodistas y vecinos intentan comprender qué ocurrió. Entre fandangos, injusticias antiguas y una comunidad acostumbrada a mirar hacia otro lado, emerge una historia oscura donde arte, dolor y memoria se mezclan. ¿Es un profanador o alguien que intenta rescatar del olvido a los muertos del pueblo?
Miguel González Márquez (Jerez de la Frontera, 1984) es, sobre todo, un ser inquieto vinculado al activismo cultural desde muchos ámbitos distintos, hecho que ha llevado a que sus amigos lo definan como “una navaja suiza” cargada de facetas, a veces punzante.
Su relación con la literatura comenzó en la adolescencia, entre los fanzines punks y las letras compuestas para las distintas bandas con las que ha ido haciendo ruido. Desde entonces ha transitado entre la narrativa, la investigación social y la coautoría de proyectos escénicos desde la lírica y la música.
En 2022 publicó Deglución, una recopilación de relatos con estética pulp unidos por el hilo conductor de las ingestas abusivas y las alteraciones de conciencia. Desde entonces ha participado en antologías por concursos literarios y sigue implicado en composiciones musicales publicando dos álbumes con su banda principal, REO. Además, forma parte de proyectos musicales desde la producción artística y ejecutiva en su ciudad.
Compagina la escritura literaria y otros inventos ruidosos con su labor profesional como consultor en patrimonio, urbanismo y participación ciudadana.
Es Doctor en Antropología, aficionado al vino y a las artes, charlatán, cascarrabias y cuidador de su gente.
«Camposanto es una novela noir rural donde el misterio no nace de un detective, sino de un pueblo entero que guarda secretos bajo la tierra. A través de la historia del hijo del enterrador —un hombre silencioso que construye guitarras— la novela explora la memoria, la culpa colectiva y las heridas invisibles de la España rural. Con una atmósfera densa, cercana al flamenco y al realismo oscuro, el lector se adentra en un mundo de silencios, jerarquías sociales y verdades nunca dichas. Cada capítulo revela una pieza del rompecabezas hasta la pregunta final: ¿qué ocurre cuando alguien decide escuchar lo que los muertos aún tienen que decir? Una historia inquietante, poética y profundamente humana. Ideal para lectores de novela negra atmosférica y literaria.»
«Cuando lo detuvieron, el pueblo respiró como si hubiera estado aguantando el aire durante años. Fue en marzo de 1984.
—Le han sacado del taller con las manos esposadas, como si se llevaran un toro bravo, ¿sabes? No miraba a nadie, no dijo ni una palabra. Juan, el del estanco, lo contaba entre sorbo y sorbo de anís, con esa media sonrisa que se le quedaba cuando algo le daba miedo pero no quería parecer cobarde.
Claro que no dijo nada. Nunca decía mucho. En su familia las palabras se desgastaban rápido y el silencio se transmitía como se hereda un oficio: sin elección.
Su padre había sido, además de carpintero, el enterrador del pueblo durante más de treinta años. Él creció entre maderas, clavos, nichos y tierra fresca. En vez de cuentos, dormía con el retumbar de los martillazos que su padre daba al ataúd del día siguiente. En vez de ir a la escuela, aprendió a medir cuerpos con la vista, a reconocer el peso de un muerto con solo oír la cerradura de la morgue. Pocos querían hablar con el hijo del enterrador. Ni en la plaza, ni en el mercado, ni en la feria. Y si lo hacían, lo hacían bajando la voz, con una sonrisa incómoda que decía más de lo que decía. Siempre tuvo un aura de misterio creada por su carácter reservado y su mirada distante.
El cementerio estaba en la cima este del pueblo, en el risco más alto, justo enfrente del castillo, que hacía décadas había sido reconvertido en cuartel de la Guardia Civil. Entre ambos, como un puente de cal y piedra, se desparramaban las casas viejas, muchas de ellas vacías, con las fachadas agrietadas por el sol y la falta de memoria. El pueblo parecía suspendido en una especie de espera amarga. Nadie llegaba. Nadie volvía. Solo ellos subían y bajaban del cementerio cada día. Padre e hijo cargaban maderas y herramientas a diario desde su casa hasta el cuartucho de herramientas y faenas que había junto a la capilla.
El corazón del pueblo siempre latía en la Plaza, un espacio donde el poder espiritual de la Iglesia y el terrenal del Ayuntamiento se miran de frente, compartiendo el mismo empedrado de adoquines. Allí, entre los bancos de piedra y los árboles castigados por el frío, aún quedan los restos de un naufragio histórico. Son las fachadas de un regionalismo tardío, testimonios mudos de una pequeña burguesía ilustrada que floreció en los años treinta y que la guerra y los ciclos malos de la economía rural, terminaron por borrar del censo. Esas casas, con sus azulejos de Triana, sus cierros de forja trabajada y sus cornisas de ladrillo visto, parecen hoy decorados de una obra de teatro que nadie volvió a representar. Fueron el asomo de una elegancia que quiso ser moderna en un mundo que prefería seguir siendo antiguo.
Desde la plaza, como venas que se estrechan, nacen las calles de las casas nobles. Son edificios de muros anchos con portales en piedra, algunos con blasones; y con portones de madera de encina, viviendas de los viejos terratenientes y los administradores que, aunque vivieran en la capital, mantenían aquí su cuartel general de invierno para contadas reuniones familiares.
Tras ellas, el pueblo se repliega en la arquitectura de la necesidad: las casas tradicionales, de una sola planta y doblado superior para el grano, donde el blanco de la cal intenta ocultar la humildad de la mampostería. Y finalmente, en la falda del cerro, allí donde el pueblo se rinde y empieza el monte, se amontona el arrabal.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Distrito93 y Miguel González Márquez os lo agradeceremos.