
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Crónicas del contacto nace de dos ideas fundamentales:
• La paradoja de Fermi: ¿realmente estamos solos o hay consideraciones que se nos escapan?
• ¿El cambio climático nos va a abocar a sociedades totalitarias?
La obra traslada la exploración espacial y el primer contacto a la perspectiva de una especie alienígena. Presenta una sociedad con enormes adelantos tecnológicos, capaz de manejar cantidades inmensas de energía sin autodestruirse.
Del lado humano, encontramos a un grupo que intenta sobrevivir en una sociedad autoritaria y retrógrada. La narrativa converge en las personas, en la realidad en la que viven y en la enorme brecha social generada. No se centra en el cambio climático en sí, sino en sus consecuencias sociales, realizando una extrapolación de los movimientos totalitarios que vemos emerger actualmente.
Víctor M. Valenzuela
Ingeniero de software dedicado al desarrollo y a las nuevas tecnologías. Firme defensor de la libertad de las ideas y de la información, pues cree que sin ellas las personas jamás serán verdaderamente libres. Partidario de la protección del medio ambiente y de las energías limpias. Lector asiduo de ciencia ficción.
Publicaciones de ciencia ficción:
«Hola, si estás leyendo esto tenemos algo en común: nos gusta la ciencia ficción, y justamente por eso empecé a escribir. Y escribo la que siempre me ha gustado: la especulativa, la que creo que te hace pensar y, al mismo tiempo, pasar un buen rato. Todo esto está presente en Crónicas del contacto: ecología, tecnologías vanguardistas, tendencias sociales, exploración espacial, situaciones límite y mucho más. Y, sobre todo, personas, pues la tecnología está hecha por y para las personas. Todo vale para dejar volar la imaginación, disfrutar y, sobre todo, pensar. Y esta es nuestra mayor transgresión: la de que nos guste un género literario que invita a pensar.»
«Clase media
Herminia aguardaba pacientemente en la larga cola del banco de alimentos. Vestía un ajado abrigo que le quedaba grande y un descolorido gorro verde que la protegía del frío de la madrugada. Llevaba muchas horas soportando estoicamente la intemperie, con la única compañía de una lista de música que escuchaba en sus gafas de realidad aumentada, su único bien material. Eran un antiguo modelo militar israelí, comprado en un mercadillo, arreglado por manos expertas y convenientemente actualizado con software ilegal. En la mano llevaba una bolsa de rafia no muy grande, más que suficiente para transportar el pequeño paquete de raciones de emergencia que tenía asignado, suponiendo que, cuando llegase su turno, no se hubieran acabado, algo que era cada día más frecuente.
La enorme fila de desposeídos estaba vigilada por varios drones voladores que escaneaban constantemente a los ciudadanos y custodiada por dos drones pesados, fuertemente armados y con blindaje de grado militar. Cuadrúpedos, del tamaño de un caballo pequeño, con una torreta de armamento donde la evolución biológica habría colocado el cuello y la cabeza del animal. Alguna IA de diseño militar decidió que era la ubicación óptima para armas letales que evitarían, convenientemente, cualquier tipo de disturbio en la distribución de las parcas raciones de supervivencia.
—Espabila, mocosa… —gruñó de malas maneras un hombre vestido con poco más que harapos cuando la cola avanzó unos pasos y Herminia, sumida en sus pensamientos y aislada por la música, se quedó donde estaba.
—Ya voy… cacho borde —retrucó ella, obsequiándole con una mirada fría como la mañana y tan dura como la vida que había llevado desde que nació. Era una joven menuda, como toda la generación de la Penuria, prácticamente al borde de la subnutrición desde niña. Aunque ella era una privilegiada, pues poseía una mente aguda e inteligente, algo cada vez más escaso.
—Acerque su muñeca al lector de seguridad —dijo la funcionaria, vestida con el uniforme de la Brigada Social. Tenía unos ojos bonitos, enmarcados en unas enormes ojeras, y la voz quebrada por el cansancio—. Bien… ciudadano reconocido, pío y sin denuncias. Puede recoger su paquete en el dispensador. Siguiente.
Herminia se aproximó al distribuidor, acercó su muñeca al lector y recogió el pequeño paquete que el dispositivo automático suministró con rapidez y suavidad en la bandeja. El sistema anotó convenientemente en su cartilla de racionamiento la entrada del día. Al lado, un hombre de mediana edad, ataviado con el uniforme de la Brigada de Seguridad y armado con una porra eléctrica, le sonrió fugazmente, guiñándole el ojo. Ella miró alrededor rápidamente, confirmó que nadie los estaba observando e hizo el inequívoco gesto de un beso con los labios. Era un vecino del barrio y padre de una de sus amigas de infancia.
Volvió a la calle, quedándose en la zona vigilada por el circuito de seguridad, y envió un mensaje con sus gafas. Vio cómo el saldo de su cuenta bajaba y suspiró con conformismo. Se sentó en el suelo frío, apoyando la espalda contra la pared, y aguardó con resignación y estoicidad, tal y como la vida se había encargado de enseñarle desde pequeña.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Víctor M. Valenzuela os lo agradeceremos.