
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
El grupo de cinco amigos viaja esta vez a Cala Marfil, un pintoresco pueblo pesquero en la costa de Menorca. Carina Marqués, concursante del reality show en el que todos trabajan, les invita a unas idílicas vacaciones de verano en su pueblo natal. Pero nada sale como esperan cuando un nuevo asesinato, esta vez de un miembro del grupo, sacude el lugar.
A medida que investigan y desentrañan los secretos ocultos tras la tranquila fachada del pueblo, no sólo exploran sus recovecos, sino también las heridas de sus habitantes y lo que son capaces de esconder.
Una reflexión sobre el peligro de confundir el amor con la posesión, ofreciendo una mirada profunda, e igual de gamberra que en la anterior entrega, a la naturaleza humana, envuelta en el encanto de una noche de verano costera.
Daniel Cabrera Marchante, nacido en Bilbao en 1997, es un actor (Amar es para siempre, Las ciegas hormigas) y escritor (Quimera, Nieve sobre el Sorolla) afincado en Madrid. Desde pequeño desarrolló su formación en interpretación hasta comenzar a desempeñar su profesión como actor finalmente en 2020.
Durante este tiempo se percató de cuánto echaba de menos la literatura, la cual le había fascinado desde pequeño, y a la que había dejado de lado cuando descubrió el teatro. Con este había encontrado un vehículo que le permitía viajar a todos los lugares descubiertos previamente en sus libros.
Le pareció la progresión lógica de lo que le suponía escribir, aunque realmente no se trataba de una evolución, si no de una herramienta paralela. Recordó por qué era tan importante para él tener una voz, contar sus historias como quería hacerlo.
Utilizar todo lo que había aprendido en cada una de las dos disciplinas para tratar de fusionarlas. Y este es el resultado.
«Inspirada en las novelas de Agatha Christie, esta segunda parte de Nieve sobre el Sorolla usa el asesinato como “caballo de Troya” para ir más allá, igual que el primer libro lo hacía con la muerte simbólica.
En esta entrega se explora la línea borrosa entre amor y posesión, y cómo pueden acabar mezclándose hasta confundirse y derivar en control, dependencia o destrucción. Frente a ello, se defiende un amor basado en la libertad, donde querer implica respetar la independencia del otro y no proyectar expectativas. También se plantea que cada persona solo muestra una pequeña parte de sí misma, y que los demás la interpretan según sus propias necesidades, deseos o carencias, creando una identidad fragmentada según quién mira.
Y todo ello con una mirada costumbrista, gamberra y divertida, porque no hay nada que me guste más que escribir desde un sitio de no tomarse a uno mismo demasiado en serio. Y, sobre todo, vivir las cosas acompañado por la mejor compañía, que en este caso considero que son el grupo protagonista.»
«En la costa de la isla de Menorca, como si fuese una extensión natural del acantilado, se erigía un pintoresco pueblo pesquero cuyas casas encaladas se abrazaban a las faldas de la roca, de una belleza que solo la unión entre la mano del hombre y la naturaleza podía lograr: Cala Marfíl.
Sus casas, con muros encalados que deslumbraban bajo la luz del sol, se amontonaban en una cascada de construcciones sobre la ladera rocosa como piezas de un rompecabezas cuidadosamente ensamblado sobre el litoral, formando un intrincado mosaico de balcones, ventanas y tejados de tejas rojas que se asomaban al mar. En cada rincón, se percibía la huella de la vida cotidiana: una cesta de pescado fresco, un gato perezoso tirado al sol, y en el aire, el sonido distante de una canción de jazz entonada por un viejo marinero.
Desde cualquier punto elevado del pueblo, se podía contemplar la vastedad del océano extendiéndose hasta el horizonte, sus aguas moviéndose en un suave oleaje que brillaba bajo el sol, reflejando las cambiantes tonalidades del cielo. Los pescadores y pescadoras, salían al amanecer, regresando con la marea cargados de pescado fresco que luego vendían en el mercado local o intercambiaban en el puerto. El resto de personas, en los patios y los balcones, se dedicaban a las labores cotidianas, sus conversaciones mezclándose con el canto de los pájaros y el murmullo del mar. Los niños corrían por las calles, sus risas llenando el aire con una alegría despreocupada que contrastaba con la serenidad del entorno.
De una de las casas del pequeño pueblo costero, por la ventana abierta se escapaba una voz tranquila, arrastrada suavemente por la brisa marina. Era una voz de mujer, mayor, sabia, marcada por los años, pero aún cálida.
—Está bien, está bien... Os la volveré a contar —decía, mientras el murmullo rítmico del oleaje golpeaba las rocas cercanas.
—Esta historia se sitúa en un pueblo muy parecido a este... pero hace muchos, muchos años. Tantos, que la vida era distinta, muy distinta. Las mujeres se quedaban en casa, cuidando del hogar y tejiendo redes, mientras los hombres, al cumplir los dieciséis, partían al mar. A veces durante meses. A veces durante años.
El crepitar del fuego en la chimenea acompañaba sus palabras, y los ojos de los niños brillaban como estrellas, expectantes.
—Pero en ese pueblo había una joven —continuó la anciana—. La hija del capitán del barco pesquero. Y ella no quería quedarse, no quería pasarse la vida tejiendo redes de pescar. No quería esperar a que su marido volviera de pescar para vivir. Soñaba con visitar otros lugares, otros mundos, otros continentes. Había crecido enamorada de un joven del pueblo. Se conocían desde siempre. Desde antes incluso de saber qué era el amor. Pero el otoño en que él cumplió los dieciséis, le tocaba partir al mar. Antes de irse, le pidió matrimonio, jurándole que al regresar, se casarían. Pero ella no quería eso. No quería una vida esperándole, quería vivir. Así que urdió un plan. Se recogió su larga melena, se cubrió con una gorra, se enfundó en ropa de hombre y manipuló la lista de marineros de su padre, el capitán. Y lo consiguió. Subió al barco sin ser descubierta.
Por aquella ventana no se escapaba otro sonido que no fuera la voz de la mujer, los niños escuchándola con atención.
—Nadie lo supo... hasta que un vendaval los alcanzó en alta mar. El viento rugía, el barco crujía, y su disfraz fue arrancado por el temporal. Allí quedó, de pie, con el cabello al viento, ante los ojos del capitán... su padre.
Los niños aguantaban el aliento.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Daniel Cabrera Marchante os lo agradeceremos.