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Emi y el Proyecto Legba

5 de mayo de 2011 a las 20:51

El primer capítulo de la Novela

AQUÍ OS DEJO EL PRIMER EPISODIO DEL LIBRO. ESTÁ PÁGINA NO ME DEJA FORMATEARLO IGUAL QUE LO TENGO EN EL DOCUMENTO, PERO CREO QUE IGUALMENTE SE ENTENDERÁ BIEN. PERDONAD POR EL RETRASO, NO ME ACORDÉ DE SUBIRLO HASTA QUE ME LO HA DICHO UN USUARIO JEJE

1- La vida en Extrópolis

Ni siquiera el mismísimo Earl el Chapas, tan optimista como era, habría imaginado que aquella pequeña criatura iba a dar tanto que hablar en años venideros. Odín, por su parte, era de los que pensaba que con que la niña no naciera con tres ojos ya podían estar contentos; no sería la primera vez que pasaba. Toda aquella contaminación había matado a la mayor parte de animales salvajes que quedaban en Extrópolis y las mutaciones se habían convertido en una posibilidad entre los humanos y una realidad entre los animales. Había para elegir: boquerones alados, hormigas de dos palmos de altura y un extraño acento francés, ciempiés convertidos mágicamente en un-trillón-de-pies…

Al otro lado de los muros de la gran cúpula todo era distinto. Una gigantesca campana de cristal transparente les dejaba entrever una inconmensurable selva de rascacielos y coches voladores, de nubes artificiales y luces de todos los colores, de vida y silencio. Pero en Extrópolis todo era distinto. Una densa neblina lo cubría todo, creando una perpetua oscuridad quebrada tan solo por los rayos de sol que, de vez en cuando, se atrevían a atravesarla creando un momento mágico, provocando que la gente se peleara por colocarse bajo el haz de luz y se olvidara por un momento de todo lo que les rodeaba. Y es que allí fuera sólo quedaban montañas de basura, criaturas radioactivas y la sensación de tener una enorme espada de Damocles siguiéndote allá dónde fueras. Aquello no era más que la alfombra bajo la cual se había estado intentando ocultar todo lo que los mandamases de la gran cúpula no querían que fuera visto.

Lo primero que dijo Odín al ver a Emi fue: ‘¡Es preciosa!’, mientras miraba hacia la gran cúpula y un largo silencio se contagiaba entre los presentes. No hacía falta decir nada más. Todos sabían lo que estaba pensando, porque el mismo sentimiento había cruzado por sus mentes. ‘Si hubiera nacido unos cuantos metros más para allá… Quizá hubiera un tenido futuro. Un futuro de verdad.’. En cambio, en Extrópolis, la gente solía conformarse con poder tener un presente… El máximo tiempo posible. Poco más de doscientos metros de distancia, menos de tres minutos de caminata… Eso lo cambiaba todo.

Haber nacido en Extrópolis significaba que con cinco años ayudaría a sus padres a rebuscar entre los escombros y, si tenía la suerte de crecer totalmente sana y conservarse en ese mismo estado, quizá podría participar en el Programa de Integración de Niños Procedentes de Hogares Disfuncionales de la Escuela Higiénica de San Walter Falanagan y acabar trabajando como barrendera en la gran cúpula. Esa era su única esperanza, el mejor destino al que podía aspirar. Dentro de la cúpula la contaminación había sido erradicada y con la comida que arrojaban a los contenedores de la ciudad durante el transcurso de un solo día podría alimentarse todo Extrópolis durante diez años. Con un poco de esfuerzo incluso podría acabar trabajando al servicio de algún hombre rico que, fuera cuál fuera el trato que le dispersara, sería mejor que a lo que podía aspirar viviendo entre montañas de residuos. Hacía muchos años que la esclavitud había sido substituida por algo mucho peor: el espíritu de supervivencia.

Por desgracia, ser admitida en el programa de integración de niños marginados era una tarea compleja. Había pocas plazas y la mayoría de ellas acababan por adjudicarse a familiares de antiguos alumnos, que empeñaban su ya de por sí empeñada vida para conseguir algo mejor para los suyos. El destino de la mayoría de ellos los llevaría a morir, años más tarde, al no poder afrontar las deudas contraídas o por haber negociado con la única posesión que tenían: su cuerpo.

No había ninguna razón para pensar que Emi fuera especial. Con dos años ya había descubierto el significado de la palabra desnutrición, había degustado manjares que en la gran cúpula estaban destinados sólo al delicado paladar de los trituradores de basura y contaba entre sus amistades con botellas de refresco vacías. No había ninguna razón para pensar que su vida fuera a ser distinta. El tiempo pasaba deprisa en Extrópolis, y cuando el viejo Earl quiso darse cuenta, Emi ya había empezado a ayudar a sus padres a recoger escombros después de que estos se vieran afectados por una rara enfermedad que provocó su acelerado y prematuro envejecimiento; no tenían mucho más de treinta años cuando murieron y el viejo Earl se hizo cargo de ella. Nadie lloró la muerte de sus padres, estaban demasiado ocupados preocupándose por conseguir que nadie llorara la suya.

La vida en Extrópolis se asemejaba a correr una carrera de obstáculos con los pies descalzos, pesos en los tobillos y un elefante rosa gigante que te persigue con intención de aplastarle con sus rosadas y mortales patas; era como intentar aprender a escribir sin haber llegado nunca a saber leer; cómo intentar diferenciar el canto de una alondra cuando ni siquiera sabes lo que es una alondra. Así era la vida en Extrópolis. Quizá algo peor.

Al principio fue complicado para Earl, pero cuando uno se pasa el día trabajando y llega a casa tan cansado que ni siquiera la tristeza es capaz de mantenerle los ojos abiertos para que pueda llorar, sigue adelante. Sentía que el tiempo pasaba por su lado desgastando su rostro como el río las piedras pesadas, aquellas que no puede arrastrar hasta el mar y permanecen allí, impasibles, mientras el cauce del tiempo se esfuerza por llevárselas consigo. Echaba de menos a los padres de Emi y algo en su interior le decía que cada día que pasaba podía ser el último. Era mayor y no quería que, de pronto, Emi estuviera totalmente sola en el mundo. Earl confiaba en que Odín le ayudara a criarla, pero este llevaba varios meses desaparecido, haciendo visitas fugaces a Extrópolis para asegurarse de que Emi estaba bien, pero sin la dedicación suficiente como para poder encargarse de ella si algún día faltaba el viejo Earl.

Aunque no pensaba rendirse. Le había contado a Emi que era una de las tres personas mayores de setenta años que vivían en todo Extropolis, lo cual casi le confería una calificación de semi-dios entre sus semejantes. De hecho, sólo había que tener en cuenta que eran muy pocos los que conseguían pasar la barrera de los cincuenta, conocida por ellos como la segunda vida. Incluso, si acaso podían permitírselo, solían celebrarlo con un pequeño pastel de cumpleaños hecho a base de caramelos caducados.

Por eso llevaba varios meses dándole vueltas a cómo conseguir un destino mejor para su pequeña, que era como la llamaba desde la muerte de sus padres. Lo había intentado todo: había pedido más favores en unos meses que en toda su vida, había hecho cosas de las que no se sentía muy orgulloso y había hecho promesas cuyo incumplimiento le acabaría acarreando nefastas consecuencias. Pero debía hacerlo. Debía dedicar los últimos latidos de su viejo corazón a conseguir que el de Emi siguiera bombeando sangre durante muchos años más.

***

Los años fueron pasando inexorablemente y Emi sufría dificultades para respirar, continuos ataques de tos, fuertes jaquecas y frecuentes nauseas, lo que significaba que su salud era perfecta. En Extrópolis, todos aquellos síntomas se consideraban saludables, ya que la ausencia de jaquecas o nauseas solían preceder algún otro tipo de enfermedad devastadora o mortal. Emi contaba con nueve años de edad y Earl se había estado esforzando incansablemente para conseguir que ingresara en la San Walter Falanagan como fuera. Había hecho de todo, desde vender lo que él llamaba “su colección de tesoros”, una recopilación de objetos dorados que a Emi siempre le habían parecido horribles (incluidos un par de dientes de oro que habían desaparecido súbitamente de su boca), hasta reunir un puñado de prendas viejas que había quitado a algunos amigos suyos que habían pasado “a mejor vida” para venderlas a un intermediario que trabajaba en la gran cúpula. No sabía por qué, pero a los jóvenes ricos les fascinaba coleccionar las prendas que antes habían ceñido los miembros de algún difunto. A Earl no le gustaba la idea, pero había decidido hacer todo lo que estuviera en sus manos para ayudar a la pequeña a salir adelante. Eso y mucho más. Cualquier cosa con tal de conseguir complementar su solicitud a la San Walter Falanagan para hacerla más atractiva. Y es que todo el mundo sabía que, a fin de cuentas, lo que realmente importaba para conseguir hacerse con una plaza era lo contentos que consiguieras tener a los jueces.

Habían sido años de trabajo y dedicación a la causa y al fin la petición iba a tener respuesta. Si no era aceptada, Earl lo volvería a intentar. Si volvía a fracasar, volvería a intentarlo una vez más. Y si volvía a fracasar… Se resignaría, ya que las edades de entrada en la escuela estaban tipificadas en los 9, 10 o 11 años, y cualquiera que superara dicha edad era rápidamente descartado. Durante las últimas semanas, el viejo Earl se había ido encontrando cada vez peor. Por suerte, el hecho de no tener dinero suficiente para ir al médico provocaba que no tuviera nada que ocultar a Emi; cuando no hay diagnóstico, no hay mala noticia.

La respuesta de la San Walter sería entregada el veintitrés Genotex. Hacía mucho tiempo que los días se llamaban según las empresas que los patrocinaban. Tenían el doscientos veintitrés Industrias Lácteas George Clown, el ciento doce Cybercola Inc. y el preferido de todos los niños: el trescientos cuarenta y tres Light and Fontain, que la importante compañía pirotécnica celebraba con unos impresionantes fuegos artificiales que iluminaban toda la cúpula. Emi, por su parte, no sabía nada acerca de las intenciones de Earl y seguía con su rutinaria vida dedicada principalmente a la recolección y reciclaje de toda clase de desechos. Y con lo que ganaba tenía suficiente para vivir. Quizá le hubiera gustado poder tener un virtuavisor, un localizador génico o un aeromóvil, pero el hecho de no saber qué era nada de eso la ayudaba a no anhelarlo. El único contacto que había tenido con algo parecido a tecnología fue la vez en qué Odín consiguió hacer funcionar un viejo aparato que, durante unos pocos segundos, les mostró imágenes de una niña sonriente y feliz adiestrando un conejo rosa gigante. Apenas fueron unos segundos, pero aquella imagen se grabó a fuego lento en su memoria. Soñaba con poder llegar a sonreír como lo hacía aquella niña. Aunque no ahora. Ahora no podía hacerlo, estaba demasiado ocupada. Ni siquiera recordó que había sido su cumpleaños unos pocos días atrás. Nadie lo recordó. Nadie creyó que fuera importante.

No había pasado mucho tiempo cuando, tras una larga noche de fiebre y mareos, Earl se levantó con la energía que da la esperanza y se desplazó hasta las inmediaciones de la gran cúpula, donde un representante de la San Walter entregaría la respuesta a las solicitudes. Una muchedumbre se agolpaba a unos pocos metros de una de las entradas, donde un tipo corpulento flanqueado por dos soldados armados, dejaba una gran caja de madera en el suelo mientras recitaba un corto discurso.

‘El número de admitidos este año en la Escuela Higiénica San Walter Falanagan asciende a un total de 10’, a lo que la muchedumbre soltó al unísono un grito de desaprobación. ‘Lo sé, lo sé. Este año son menos de lo habitual, pero así lo han dictaminado las cláusulas aprobadas por el Ministerio de Higiene y Salud, al que nos debemos. Por favor, les pido que comprueben si han sido aceptados leyendo las tabletas que encontraran en esta caja y que, de no haber pasado el corte, comprendan la impotencia de nuestra institución para aceptar a más solicitantes, gracias’, y acabó el discurso retirándose a toda prisa acompañado de cerca de los dos soldados, dirección a la entrada de la gran cúpula.

Quería marcharse antes de que la muchedumbre examinara las tabletas y la ira de los que no habían sido aceptados se volcara contra él. Este era el sistema que habían decidido adoptar desde que, tres años atrás, el antiguo encargado de facilitar la lista de aceptados fuera herido de gravedad por una parte de los presentes. La presencia de dos soldados no servía para mucho más que para mantener alejados a los más impacientes durante unos minutos.

Cuando el representante de la San Walter se había alejado apenas unos centímetros del lugar, la masa de gente se abalanzó sobre la caja como si hienas sobre un pedazo de carroña. Los golpes y empujones se repartían por todos los rincones de la nube de gente y los gritos de rabia y las lágrimas de alegría se esparcían como un puñado de sal sobre el gentío. Earl intentaba abrirse paso, pero era demasiado mayor para hacerlo a golpes, así que no le quedó más remedio que esperar. Esperar y tratar de contar la gente que había sido aceptada. Sólo había diez plazas. Una mujer se abrazaba a su marido a unos metros de allí, un hombre saltaba gritando de alegría con una tableta en la mano… Tres, cuatro… Cinco… El corazón de Earl latía con una fuerza inusual mientras intentaba al mismo tiempo avanzar hacia la caja y contar las solicitudes que habían sido aceptadas. Siete… Ocho… Nueve… Diez. Había llegado hasta diez. ¿Eso significaba que Emi no había sido aceptada? ¿O quizá se había descontado? Había demasiado caos en aquél lugar como para poder contar hasta diez sin perderse. La gente se movía en todas direcciones como un mar embravecido. Él, por su parte, se negaba a perder la esperanza, así que seguía intentando avanzar entre el gentío, cada vez más beligerante por el descubrimiento de la no aceptación de sus hijos, sobrinos o amigos.

Cuando por fin consiguió llegar a la caja sólo encontró un puñado de astillas. Las tabletas estaban esparcidas por el suelo sin orden ni concierto. Algunas partidas por la mitad como consecuencia de la rabia y otras agrupadas en montones. Aquello iba a ser complicado. Intentó mirar a su alrededor para volver a contar las admisiones, pero la mayoría de la gente se había dispersado, dirección a sus respectivas casas. Decidió entonces empezar a rebuscar entre las tabletas, empezando por las que más cerca se encontraran de los restos de la caja que las había contenido instantes antes.

Tras diez minutos de búsqueda la encontró: la tableta de Emi. Aquello por lo que había estado luchando durante tanto tiempo, se había hecho al fin realidad: ¡había sido aceptada! Earl, tan renqueante como siempre y olvidando por un momento la enfermedad que desconocía tener, corrió por todo Extrópolis en busca de Emi, a la que encontró junto con Odín, que acababa de volver de uno de sus viajes. Odín, dejando a un lado su perpetua mueca de descontento, decidió saltar de alegría abrazado al viejo Earl que, no acostumbrado a este tipo de efusividades, acabó cayendo al suelo y fracturándose la cadera. Pero no importaba, se sentía como el padre que consigue para sus hijos una vida mejor que la que él ha tenido oportunidad de vivir. ‘Esta chica llegará muy lejos’, pensó mientras se sujetaba la cadera retorciéndose de dolor. Aunque ni por un asomo pensó jamás que Emi llegaría tan lejos cómo acabaría llegando.

Por su parte, Emi tenía miedo. Tiritaba exageradamente y una sonrisa forzada le afeaba el rostro. Sabía muy poco de la gran cúpula. Sólo unas cuantas historias narradas por Earl y alguna que otra experiencia de segunda mano de Odín, cuyo hermano trabajaba como barrendero, cosas del estilo de: ‘Mi hermano me contó la última vez que supe de él... Que en la gran cúpula la gente importante no muere. Dice que el presidente lleva en el cargo por lo menos cuatrocientos años’. Emi nunca le creyó, había visto morir a sus padres a los treinta y ni se planteaba la posibilidad de que alguien pudiera vivir más de cuatrocientos... Y ahora podría descubrirlo por si misma. Le esperaba una noche de insomnio, de pesadillas sobre lo que le esperaba tras aquella enorme campana de cristal. O tal vez no…
‘Vamos’, le dijo Earl mientras la cogía por el brazo.
‘¿Qué? ¿Ahora?’
‘¡Claro!’
‘¡Ahora!’, pensó Emi mientras Earl la arrastraba con una mano y se sujetaba la cadera con la otra. ‘Iba a entrar ahora, ahora mismo…’
Mientras avanzaban a paso ligero hacia una de las entradas, Odín le seguía contando cosas sobre la gran cúpula y la animaba a que hiciera todo lo que estuviera en su mano para aprovechar aquella oportunidad única.

Y allí estaba ella. Frente a la gran puerta, colgándose al cuello un amuleto que le había dado Earl mientras se fundía con él en un abrazo y escuchaba los consejos de Odín. Todo estaba preparado menos ella. Seguía asustada, aterrada, pero sabía que era una gran oportunidad que no podía desperdiciar. El viejo Earl le había dicho que no abriera el colgante a no ser que estuviera totalmente desesperada y así pensaba hacerlo. Junto a la puerta encontraron al resto de alumnos: nueve niños y niñas de aspecto desgarbado que se despedían de sus familiares, todos con la misma expresión en el rostro. Determinación. Estaban decididos a hacer todo lo que estuviera en sus manos para conseguir que sus padres estuvieran orgullosos de ellos. Cualquier otra cosa había dejado de importar.

Tras unos minutos de espera, la puerta se abrió y el mismo hombre corpulento que minutos atrás había entregado las tabletas de aceptados, salió acompañado de los dos mismos soldados. Repasó los nombres comprobando unos papeles que llevaba consigo e hizo entrar a los alumnos con él antes de que un pequeño grupo de gente que se acercaba a paso rápido desde cierta distancia llegara a la puerta. Eran los padres de algunos de los niños que no habían sido aceptados que, después de hablar entre ellos, habían decidido unirse e intentar conseguir que sus hijos también entraran en la escuela, aunque fuera por la fuerza. A fin de cuentas, lo merecían tanto como aquellos diez que acababan de cruzar el umbral acompañados del tipo de la lista y los dos soldados.

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