
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Mireia regresa a su pueblo natal doce años después de la muerte de su madre. Asediada por sueños extraños, vuelve para despejar las sospechas que la persiguen desde aquel día. La duda sobre si la muerte fue accidental, como dictó la sentencia, o si hubo un misterio oculto en lo ocurrido, empujará a Mireia a enfrentarse a sus propios miedos. Lo hará luchando, en un entorno opresivo e inquietante, con la mezcla de pasado y presente que se instalará de forma tortuosa en su cabeza.
Siguiendo los pasos de su madre, ascenderá montaña arriba, al lugar donde se esconden las respuestas. Pero ¿será capaz Mireia de superar los obstáculos de la naturaleza y los de su propia mente para conseguir llegar hasta la verdad?
Chico López es un autor sevillano de novelas de misterio y thriller. Amante del estilo de Dolores Redondo o Paul Auster, busca profundizar en la psicología de los personajes y en su forma de actuar ante los dilemas a los que se enfrentan.
Se inició con Humanadas, un libro de relatos en el que ya se vislumbraba ese interés por la gestión emocional de los protagonistas. En este caso, aún no se adentró en el noir o el misterio; esto vendría después, con relatos como Vastia y su primera novela, a punto de ver la luz, La noche del último sueño.
Sus historias, en las que el suspense y la velocidad narrativa derivan en una lectura ágil e intensa, han sido trasladadas, incluso, al formato de cortometraje. Su actividad es constante y ya trabaja en la conclusión de su segunda novela, en la que mantiene su estilo y reafirma su voz.
«Esta novela no es solo el relato de una chica que intenta desvelar qué ocurrió realmente con su madre. Es la búsqueda de justicia de alguien que no ha cerrado la herida que la atraviesa y que necesita hallar paz a través de un duelo digno. Para lograrlo, regresa a su Taruc natal, un pueblo enterrado en el bosque de Tulia, rodeado de un entorno montañoso que hará que sientas el riesgo en cada paso de la protagonista. Desde la inmersión en su mente se compuso la historia, entendiendo sus miedos y los detalles del conflicto que provocó que lo dejase todo para buscar respuestas. Conocerla a fondo y descubrir qué se oculta en el aire pesado de la zona, permitió guiarla a través del laberinto que desemboca en la última página del libro; donde, si la acompañas, conocerás el desenlace de su odisea.»
«Bastan los dos minutos que tarda el tren en detenerse totalmente y abrir sus puertas para que me recomponga de la pesadilla. Con la mochila ya sobre mis hombros bajo despacio al suelo que aquí, al lado de la vía, está embarrado. La humedad y el frío del Tulia, viejos conocidos para mí, me dan la bienvenida. Trato de rehacerme del todo del viaje. Mientras, el tren a mi espalda emprende la marcha y me abandona en este lugar, el último en el que me gustaría estar en este momento; un bosque del que se cuentan historias y leyendas que mejor olvidar ahora. Me asaltan las dudas y el miedo, no vengo en tren desde hace años y es la primera vez que voy a caminar sola hasta el pueblo. Miro a izquierda y derecha, buscando la presencia, quizá, de alguien que se hubiese apeado desde otro vagón y que me acompañe en el trayecto que me separa de la civilización.
No hay nadie.
El silencio me rodea. Apaga el sonido mecánico del tren que sigue su camino, perdiéndose entre la neblina. Me veo a mí misma estática en el mismo paisaje que observaba minutos antes desde la ventana. Pocas veces he sentido tanta soledad. Se me acelera el pulso, pero trato de controlarlo para que la ansiedad no se apodere de mí.
Cuando creo que he conseguido calmarme lo suficiente para comenzar, saco la linterna—cualquiera diría que es casi noche cerrada ahí en el camino—, suspiro y, con resignación, me lanzo a la caminata. Doy unos pasos hasta alcanzar el inicio del sendero, unos metros atrás se ha quedado la luz tenue que ilumina la parada y que ya no sirve de nada donde yo me encuentro. Retiro la rama de acebo que me cierra el paso y enfilo la cuesta abajo con la que se inicia la ruta y con la que difícilmente hubiese dado si no fuese por la linterna. Oigo crujidos, gotas que se derraman de unas hojas a otras, mi respiración, mis pisadas. Sobre mí, un cielo verde cerrado me observa desde una altura que se me hace infinita. Entre él y yo, una nube baja lo emborrona todo, me hace sentir más incomunicada, extraña y turbada, pero no evita que comience a avanzar a buen ritmo. No debería tardar más de treinta minutos en llegar a Taruc si mantengo esta velocidad. «Tranquila, Mireia, pronto estarás en casa», me digo.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Chico López os lo agradeceremos.