
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 50 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Tres personas han emprendido un viaje. No se conocen entre sí. Nunca se habían visto antes de coincidir en el mismo autobús.
El destino al que se dirigen implica atravesar el desierto. Pero de pronto, el autobús se detiene. En principio no hay una razón mecánica o geográfica que los obligue a parar. Sencillamente el motor ha ido ralentizando la marcha hasta apagarse con suavidad, sin espavientos. Y lo curioso es que nadie, a excepción de estas tres personas, parece darse cuenta de que el enorme vehículo se ha detenido, y ahora es como una ballena varada en la playa sin agua del desierto.
A partir de aquí, las únicas tres almas que se saben estacionadas a un costado del camino, serán trasladadas a distintos momentos del tiempo y del espacio. Darán inicio a otro tipo de desplazamiento.
Julián Martínez Santana (Caracas, 1965) es un filósofo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Como dramaturgo ha ganado varios premios (con dos libros de obras en su haber) y como director teatral tiene una experiencia de más de 30 años, en los que ha realizado montajes en América y Europa. Tiene un libro de cuentos, ha hecho un par de cortometrajes y ha publicado unos cuantos poemas. Su más reciente publicación es un ensayo llamado: “De Platón a Moby Dick: La filosofía y los personajes de ficción”.
Tiene una Maestría en Filosofía de la Mente de la Universidad Simón Bolívar. Así mismo, es Doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y fue profesor visitante en la Universidad de Warwick, Inglaterra. Actualmente es docente en la Universidad de las Artes y se está formando en la Escuela Madrileña de Terapia Gestalt.
«Phantastikos es el vocablo griego de donde viene la palabra “fantástico”. Significa algo así como “lo que se inventa tu imaginación”. Y aunque tendemos a pensar que los universos fantásticos no existen, en realidad nos toca admitir que una buena parte de lo que creemos, pensamos y sentimos es una creación imaginaria, un invento.
Vivir, en mayor o menor grado, es una fantasía. Y esa vida fantástica es como el juego de las luciérnagas que se encienden y se apagan, que en un momento son luz y luego son oscuridad, que siempre tienen a la muerte como parte del juego si estamos vivos.
Así que los viajes que ocurren en El juego de las luciérnagas, con sus transgresiones a los límites de lo real y de lo que no puede ser, tal vez se parezcan, al menos en esencia, a la vida que venimos viviendo».
«—Esta noche hay juego —susurró temblorosamente la voz al otro lado de la pared.
—¿Juego? —se intrigó Román.
—¿Sabes jugar truco?
—... No.
—Es un juego de cartas. Jugamos en el depósito de detergentes.
—¿Y los vigilantes?
—Se hacen la vista gorda.
Hubo un breve silencio.
—Tengo sed– dijo Román.
—Lo que ves en la esquina izquierda es un bebedero. Basta con que acerques la boca.
Román De Laflor fue hasta el bebedero y sació su sed. Pensó que la celda en la que estaba tenía todo lo necesario (en otra esquina se encontraba el retrete) además, parecía la habitación diminuta de un hotel moderno. Luego volvió a la cama. Le encantaría poder ducharse y se lo dijo al muchacho.
—Aprieta el botón azul que está junto a tu cama- informó la voz juvenil y amanerada.
De Laflor lo hizo. Entonces todo su cuerpo se llenó de una luz blanca que le hacía sentir exactamente como si estuviera tomando un baño de agua tibia (sin usar una sola gota de agua). Ahogó una carcajada espontánea y estuvo un buen tiempo bajo la ducha y sobre la cama.
Hasta que se abrió la puerta termoeléctrica de su celda y se asomó un tipo increíblemente delgado, como de unos dieciocho años, el cráneo rapado, cara andrógina, ojos amistosos y ademanes de mujer sofisticada. Miró a Román con ternura y le dijo: Es hora del juego.
Román se sorprendió al escuchar la voz del chico tan cerca. También sintió repulsión al ver la delgadez extrema de aquel sujeto. Apagó la ducha y estrechó con cuidado la mano raquítica:
—Mucho gusto. Román De Laflor.
—Jimi Paván— se presentó el muchacho.
—La verdad es que no quiero jugar cartas. Prefiero acostarme a dormir. Nada como los sueños después de un baño... ¿No son cojonudas estas duchas?
Jimi asintió. Los ojos se le apagaron un poco y habló con una amargura que intentaba ser dulce: No tienes otra alternativa. Estás obligado a jugar, como todos los demás».
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Julián Martínez Santana os lo agradeceremos.