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Isabel de Saavedra ha vivido siempre insatisfecha. Las historias de Cide Hamete, que su padrino, Miguel de Cervantes, le contaba de niña, le han hecho desear un mundo de aventuras que le permita escapar de su vida sofocante como fregona en una posada de Madrid.
A punto de cumplir 14 años, recibe la misteriosa visita de Cide Hamete y descubre que Cervantes corre peligro no solo de perder la vida o la honra, sino su propia alma.
Para salvarlo, deberá escapar de casa, conocer el amor, abrazar la caballería andante, y enfrentarse a los secretos que atormentan su pasado y el de Miguel de Cervantes, en un lugar de la Mancha donde se desdibujan los límites entre la realidad y la ficción.
Antonio Arévalo (Valladolid, 1980) es profesor de Lengua y Literatura Castellana en un instituto de Vallecas, y también músico de andar por casa y youtuber en sus ratos libres.
Su mayor reto, enamorar a sus alumnos de la Literatura. Para él, la Historia es un territorio lleno de misterios por descubrir, de vidas llenas de dudas, secretos y conflictos como los nuestros. Y por eso se siente muy identificado con Miguel de Cervantes. No, no le han secuestrado piratas, ni ha participado en batallas ni ha estado en la cárcel (de momento). Pero sí ha sido padre, ha vivido el amor, el desamor, la ilusión, el fracaso, el juicio, la desesperanza, la fe. Y sobre todo, siempre le ha gustado contar historias, como las que escucharía de pequeña Isabel de Saavedra.
«No sé si alguna vez has sentido que nadie te comprende. Que todos están locos menos tú. Que te gustaría que tus padres no fueran tus padres. Que una vida sin ideales no merece la pena ser vivida…
Si has sentido todo esto, entonces creo que entenderás a Isabel de Saavedra. Pero esa frustración, ese anhelo, es solo el inicio del viaje.
Al fin y al cabo, don Quijote también pensaba que todos estaban locos menos él.
Si amas como yo las aventuras del ingenioso hidalgo, este pequeño homenaje a Cervantes te sacará una sonrisa.
Y si solo conoces la escena de los molinos de viento, espero que esta historia te invite a soñar con gigantes. »
«En ese momento sucedió algo que no me esperaba. Uno de los cortinajes se había desplazado ligeramente. Parecía que hubiera corriente, solo que aquella noche no corría viento. Después, vi una mano ascender hasta donde debía estar la manilla, y la ventana, que yo había dejado cerrada, se abrió ligeramente. De la oscuridad surgió primero un pie, luego otro y finalmente el cuerpo completo de un muchacho que se introdujo en la estancia, más sigiloso que un gato.
Pero antes de que pudiera poner un pie en el dormitorio, ya había caído yo sobre él. Era más alto y corpulento, pero yo tenía la ventaja de la sorpresa y la rabia que me comía por dentro, así que tras unos momentos de arañazos y gruñidos, acabamos él boca arriba, aún forcejeando por soltarse, y yo sentada sobre él, sujetándole los brazos con las rodillas y arrancándole a puñados el pelo pelirrojo.
—¿Quién eres y qué haces entrando a robar a mi padrino? —susurré.
Los dos luchábamos en casi absoluto silencio, para no llamar la atención de los dueños de la casa. Por fin, el muchacho logró asirme las manos, aunque seguía inmovilizado bajo mi peso. A pesar de los golpes, no parecía asustado sino divertido, pues me dedicó una gran sonrisa llena de pecas. Una sonrisa que me desarmó y se me clavó en lo más profundo.
—Eres una pequeña fierecilla, por lo que veo —respondió—. Y tienes un gran sentido de la lealtad. Me gustas.
Algún tipo de magia debía de tener aquella sonrisa irresistible, o aquella voz cálida, o aquellos ojos que me atravesaban, algún hechizo ejercieron sobre mis muñecas y mis rodillas, porque de pronto me encontré sentada en el suelo, mientras él se sacudía el polvo de sus ropas gastadas y yo trataba de recordar el motivo de mi enfado.
—Ha sido un placer —dijo. Hizo una exagerada reverencia y continuó abriendo cajones y baúles en la semioscuridad
—¡Un momento! —susurré.
No iba a ser tan fácil detenerme. En un abrir y cerrar de ojos lo tenía de bruces sobre la cama, esta vez boca abajo y con un abrecartas clavado detrás de su oreja.
—No me has dicho tu nombre —le pregunté, triunfal.
—Ginés —respondió él, sin perder la sonrisa—. ¿Y el tuyo?
—Isabel. ¿Qué hacías entrando por aquella ventana como un ladrón?
—Soy un criado de la casa —mintió.
—¡No me engañes! Es la casa de mi padrino. Conozco a todos los criados y tú no eres uno de ellos. ¡Ladrón!
—Es cierto. Soy un ladrón. Y a mucha honra. De alguna manera hay que ganarse la vida.
—¿Y qué buscabas?
—Nada que te importe… ¡Espera! —insistió, al sentir que apretaba el filo del abrecartas en su cuello—. Iba en busca de... algo que comer. Nada más.
Aflojé un poco. Aquel muchacho solo tenía hambre. Iba a decirle que mendigar era más honrado, pero no quise herir su orgullo. Aquella parecía una ocasión propicia para comportarse como el caballero andante que pintaba Cide Hamete. Solo que en vez de rescatar a una damisela, en este caso debía socorrer a un muchacho desamparado. Y aquella era la mirada más desamparada que había visto nunca.
—Si es pan lo que buscas, puedo pedir un poco en la cocina.
Lo ayudé a levantarse. Me miraba sorprendido.
—Primero me das una paliza, y luego me ofreces de comer —le oí decir—. Extraño comportamiento para una dama.
—No soy una dama. Soy una doncella andante.
—¿Una doncella andante? ¿Y eso qué es?
—Un caballero andante, pero en mujer.
Ginés hizo una reverencia burlesca y se disculpó.
—Perdonadme, alteza, pero no lo parecéis.
—Es que soy una doncella bastarda. ¿Sabes lo que significa eso?
—Creo que la que no lo sabe eres tú —me contestó, sonriendo de forma perturbadora.
Me encaré con él, agarrándole de la camisa hasta que su cara pecosa y sus ojos verdes estuvieron a la altura de los míos. Inmediatamente me arrepentí. Aquella mirada gris verdoso me mareaba, pero disimulé como pude.
—¿Por qué te burlas de mí? —lo desafié.
—No me burlo. Realmente podrías ser una princesa andante —respondió sin apartar sus pupilas de mí—. Estás cubierta de mugre, pero desde luego, el valor y la honestidad los tienes, eso no hay que dudarlo… Sobre todo porque yo no soy un caballero y no te importa estar conmigo en una habitación a oscuras. ¿No tienes miedo de lo que pueda hacerte?
Había bajado el tono de voz y aproximado aún más su rostro. En lugar de tirar yo de él, ahora me encontraba interponiendo mi mano sobre su pecho para que hubiera algo de espacio, mientras sentía sus brazos rodear mi cintura. Había retrocedido hasta chocar contra la puerta que daba al despacho, y no podía entender cómo era posible que al otro lado no los hubieran ya alertado los latidos de mi corazón desbocado. Sus labios estaban tan cerca que podía sentir su aliento. Cuando me di cuenta de lo que iba a pasar, ya era tarde: me había besado y se alejaba silbando hacia la ventana.
Todavía sentía el calor de sus labios latir en los míos, cuando me percaté de que me faltaba algo, algo muy querido que siempre llevaba oculto bajo la ropa, junto al corazón: las cartas de Cide Hamete, que ahora lucían en la mano de Ginés.
—¡Hasta la próxima! —se despidió. Y desapareció tras las cortinas.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Antonio Arévalo os lo agradeceremos.